Cabalístico 13

Por Jaime Neftalí Martínez.

Desde niño creí que la suerte era una palabra rara y en mi caso improbable, poco a poco aprendí, a fuerza de desencantos y apuestas ingenuas con desenlaces tristes, que la mala suerte es asignada como equipaje cuando se nos ha enviado a este planeta, aunque debo reconocer que como sucede en la mayoría de los viajes, algunos nos excedemos en la carga.

Justo a los trece años, en un festival del Día de las madres fui avisado del primer golpe de fortuna en mi corta vida. Sin querer y sin pensar (como pasa con casi todo lo bueno) fui el feliz ganador de un reloj de pared que recibiría mi mamá en el festival respectivo. No hubo necesidad de pagar el precio del boleto participante en la rifa; el costo lo habían cubierto los maestros. Días después me enteré que el dinero no fue tomado de sus bolsillos, sino de los excedentes financieros obtenidos en el reciente festejo a propósito del Día del niño.La suerte sin embargo, estaba de mi lado.

Tres años después, en el aniversario número trece de la Arena Neza, se programo un cartel luchistico de lujo, se presentaban entre otros, Mil Máscaras, Canek y mi entonces ídolo: El Perro Aguayo. El espectáculo estaba garantizado, el único inconveniente era que los boletos tenían un precio de treinta pesos y yo sólo contaba con trece pesos. Juro que recuerdo las cantidades exactas, cabalísticas y un tanto fortuitas.

La función comenzaría a las diecinueve horas. A las dieciocho yo aún estaba en nuestro puesto familiar en el tianguis de la colonia, muy cerca de casa, pero también muy cerca de la Arena de Lucha Libre. Resignado, tristemente resignado a no asistir a tan esperado aniversario. De pronto apareció un señor que ofrecía los recién lanzados billetes de lotería instantánea, los viejos boletos ráscale, el costo era de tres pesos; arriesgado como soy, decidí jugarme tal apuesta. Tome la cantidad señalada de mi escaso capital y compré un boleto.

Un golpe de suerte era el bálsamo necesario para mi ansiedad y por supuesto para presenciar otra clase de golpes entre los luchadores del momento. Implore a los dioses que obtuviera un premio y de pronto aparecieron tres figuras iguales… el premio: otro boleto. Exigí al vendedor mi premio y de inmediato me dispuse a rascar en la zona respectiva, y de nuevo… tres figuras iguales, el nuevo premio: veinte pesos… decidí no seguir jugando, la suerte no es continua sino intermitente, en eso radica su naturaleza obsesiva y anhelada. Sume los veinte a los diez en caja y obtuve con mi madre un préstamo por otros diez. Tenía la cantidad exacta para acudir al evento del décimo tercer aniversario. Llegué justo a tiempo, no logré alcanzar butacas disponibles y sólo pude presenciar la lucha en los pasillos, cerca de la esquina ruda.

La suerte de no tener lugar asignado me permitió saludar al Perro Aguayo, e incluso darle una palmada de apoyo. Ante tal efusividad de un chico de dieciséis años, él respondió con un desplante agresivo, creyó que lo había golpeado y como parte del show me encaró. Recuerdo el incidente como una ingenua anécdota, pero también como una muestra de que la suerte viaja siempre a nuestro lado esperando que decidamos tomarla. Los resultados siempre serán inesperados, pero está en la sabia ética de los jugadores: saber ganar o perder.

El número trece tiene para mí un significado especial, va más allá del bien y del mal, de la buena o mala suerte. No es cuestión de superstición ni de falsas esperanzas. El número siete es otro número asociado al azar y a los juegos de apuestas.

El trece del siete… hace trece años recibí el mejor golpe de suerte, no tuve que comprar boleto, sólo acepte que dentro de mi equipaje se agregaban a mi vocabulario, por cuestiones del destino, nuevos significados para las palabras: amor, apoyo, compañía, complemento, paciencia, creatividad, voluntad, amistad, cariño, entrega, siempre y nunca.

Hoy sé que la suerte no es eterna, que si no se aprovechan las oportunidades, la suerte se torna en sentido contrario. Hay aniversarios que no llegan y aniversarios en los que no podamos estar, aunque la fortuna nos visite de nuevo.

Hoy valido y comparto las palabras de un sabio maestro: “Hasta la suerte se administra”