James Gandolfini, el eterno Soprano

Por Roberto Escobedo.

James Gandolfini  fue un gigante. Le dio vida al personaje más odiado, amado, despreciable y admirado de la televisión de los últimos tiempos. Él fue Tony Soprano, costaba identificarlo con su verdadero nombre.

Cada capítulo de Los Soprano carecía de sentido si él no estaba en escena. Todo cobraba fuerza, volumen, intensidad. Su tono italoamericano, sus gestos, sus cadenas de oro y su dificultad para respirar y caminar por sus kilos de más eran su marca registrada.

A pesar de tener una previa carrera en el cine de Hollywood, Gandolfini empezó a brillar con The Sopranos, esa serie creada y producida por David Chase allá por 1999 y que finalizó en 2007. Fueron seis temporadas con un total de 86 episodios en los cuales el mafioso de Nueva Jersey, organizaba la vida criminal de la ciudad teniendo que lidiar con problemas domésticos y familiares.

El hueco que había dejado en todos los amantes de la saga de “El Padrino” hizo que Los Soprano se convirtiera en una serie de culto de aquellos seguidores del mundo del hampa. Lejos de parecerse a Michael Corleone, guardaba la coincidencia de tener que luchar con su propia conciencia. Tony se acercaba a su psicóloga para desahogar sus culpas, miedos, inseguridades que jamás mostraba en el seno de su familia ni de su entorno laboral.

James Gandolfini había nacido en Westwood, New Jersey en 1961. Hijo de Santa, una cocinera napolitana y de James Gandolfini Sr., albañil también originario de Italia. En su casa se hablaba italiano y su vínculo con ese país fue algo que mantuvo hasta sus últimos días. Ironías de la vida, James estaba en Sicilia el día de su muerte.

Este año preparaba su regreso a la TV de la mano de otra serie sobre mafias, Criminal Justice en la cual interpretaría a un abogado penalista. Pero como decía siempre Tony: “La próxima vez no va a haber próxima vez”.