Primer día de clases

Por  Jaime Neftalí Martínez.

 Suspendí mi educación cuando tuve que ir al colegio. -George Bernard Shaw-

La naturaleza hace que los hombres nos parezcamos unos a otros y nos juntemos; la educación hace que seamos diferentes y que nos alejemos. -Confucio-

Si la aritmética y la memoria cumplen sus funciones más elementales, creo que hasta este momento de mi vida he cursado algo así como 18 años o ciclos lectivos. Desde aquella llegada intempestiva al Kinder de la colonia en 1979, hasta el fin de cursos universitarios en 1996 y por supuesto el seminario de titulación en mi Facultad en el año 2000.

  Acudí sólo unos cuantos días al Kinder, no había dinero suficiente para pagarlo, pero por la coyuntura propia de un cambio de domicilio, mi educación preescolar se dio en casa, junto a mis primos y vecinos, el complemento era por supuesto, la barra de caricaturas del canal 5, presentadas en horarios vespertinos por Rogelio Moreno y el extinto Tío Gamboín.

El primer día de clases de la primaria debió haber sido aderezado con lágrimas infantiles, loncheras repletas de fruta, dulces, o algo así, un cuaderno nuevecito, varios lápices de puntas bien afiladas y una buena mochila reforzada.

No, no lo recuerdo así, de hecho, en realidad mi mochila era de color azul, fue hecha con los restos de un pantalón de mezclilla y un metro de cordón blanco, confeccionada magistralmente por mi maravillosa y siempre solidaria tía paterna. Eso sí, un cuaderno sin dibujo, pero con las tablas de multiplicar en la contraportada, sin espiral, sólo con un par de  grapas bien colocadas, justo en medio de las cincuenta hojas de cuadro chico.

Sé que el esfuerzo de mis padres fue singular, no sólo económico, fue también una responsabilidad compartida en cada uno de esos primeros días de clases. Estoicismo a cada ciclo, un esfuerzo gradual y logarítmico, compañía exacta cada que se daba un avance; durante la escuela primaria, la secundaria, el bachillerato, y la universidad.

Un primer día de clases significa, la aparición de un ente llamado estudiante, al cual acompañan en silencio múltiples personajes y héroes anónimos.

El jueves pasado, estaba en una sucursal del banco local del mundo (eso dicen ellos) de repente se acercó a mí una señora de aproximadamente cincuenta años y con cierto dejo de timidez, dulzura e ingenuidad me dijo:  -  Señor, ¿me podría llenar este papel? (una ficha de depósito), mientras me daba con la otra mano una hojita en la cual se leía un número de cuenta, el nombre del beneficiario y la cantidad en cuestión.

- Claro que sí señora. Le dije pensando que justamente hay buenas acciones que se nos regresan en forma de bendiciones, y esas a mi me hacen mucha falta, me dije.

Mientras me disponía a llenar el formato correspondiente escuché a la señora, madre de familia, decir:

- Es para pagar la secundaria de mi hijo, agregó como justificando su muy noble petición.

- Si señora, con mucho gusto, le dije con sinceridad.

- ¡Ay perdone! Dijo una vez más, para finalizar con una frase que me dejo mucho que pensar.

- Es qué no sé leer. En ese momento volví la mirada hacia ella, sorprendido, y un tanto conmovido.

La ficha finalmente no fue llenada, la señora había entrado a la sucursal de banco equivocada. Necesitaba depositar el pago de la secundaria de su hijo en el banco fuerte de México. Le indique como llegar hasta ahí  y me despedí deseándole suerte; a pesar de todo ella me pago con las bendiciones justas para ese día y dos más.

Es de suponerse que reunir esa cantidad de dinero no había sido tarea fácil, pero es admirable que algunos padres quieran que sus hijos den un paso adelante. El vástago de esa señora tiene la obligación inobjetable de aprovechar tal oportunidad. Su madre no sabe leer, pero aún así busca que él llegué más allá de sus propios sueños.

Un primer día de clases es también la oportunidad para comenzar, para reiniciar ciclos, para proyectar ilusiones, para asumir responsabilidades. Es el momento propicio para reclutar cómplices y velar armas. El campo de batalla es aquí y ahora.

El primer día de clases no es más que el inicio de nuestra propia historia guardada.

Cierto, muy cierto… no es lo mismo el atajo que el camino.