¿Sin sentido o sin destino?

Por  Jaime Neftalí Martínez.

Esa mañana, al finalizar la clase, una alumna me alcanzó justo al inicio de la escalinata, yo me disponía a descender a la sala de maestros, y es qué… la escalera no tiene un fin en si mismo, la escalera es sólo escalera.

Con voz tímida me dijo: “si quiere yo traigo los dulces de la próxima clase.”

Me quede callado, me sorprendió la propuesta. Acostumbré durante ese cuatrimestre apostar dulces para todo el grupo, exclusivamente con mis alumnos Americanistas, algunas veces perdí y otras gané, pero precisamente ese día, empatamos. Al no haber patrocinador de caramelos para la siguiente clase, ella amablemente se ofreció a continuar y padecer el resultado del azar, esa condición inestable que yo venía utilizando como pretexto para lograr sintonía de grupo en mis sesiones de aula.

Una semana después me entregó una bolsa de plástico de color blanco; en el interior: sesenta paletas dulces, de esas que guardan un relleno conocido y cuyo mayor disfrute se da en el momento en que se le va desprendiendo la envoltura; tal como la vida, pensé… un favor, me dijo, “no diga que yo las traje”. Así fue, por voluntad propia, la generosa alumna, pasó desapercibida

El cuatrimestre llego a su fin, al compás de las victorias y derrotas azulcremas, esas que dicen son con causa. Un mes después nos volvimos a encontrar, ella exponía su proyecto de empresa para la materia de administración, una envasadora de jugos naturales con sabores exóticos, como diría un admirado escritor: “no hay nada como el interminable, íntimo y gozoso saber que da el sabor”. Así es la vida, volví a pensar. Por uno de esos afortunados vaivenes que da el destino, mi ex-alumna pudo leer en Internet un libro de poesías que un escritor poco conocido pretende publicar. Con sinceridad me compartió su opinión: Me gustó mucho el libro, pero especialmente el poema de Falso héroe, el de Cobarde y el de Amor de otro tiempo. La poesía no es de quien la escribe sino de quien la necesita, recordé en aquella ocasión. Así también es la vida, quise pensar otra vez.

No volví a ver a la lectora de ocasión, cuyo desinteresado auspicio saldo la cuenta de unos improvisados apostadores, producto de un empate en el Clásico de Clásicos.

Recibí tres correos electrónicos durante el año siguiente, me contaba que inició una carrera universitaria, que conoció a un chico con quien justo empezaba una relación amorosa, aclaró que lo disfrutaba y que no pretendía sufrir por ello, eso decimos todos.

Precisamente el sábado pasado volví a leer su último correo, por alguna extraña razón no lo había eliminado de mi bandeja de entrada. ¿Cómo estás?, escribí. La respuesta llegó hoy. Otra ex-alumna me interceptó en la misma escalera, en esta ocasión yo caminaba en sentido ascendente, la escalera es sólo escalera, insisto.

- Profesor: ¿Supo lo de…?

- No, le dije sorprendido (aún ahora lo estoy).

- …

- ¿Cuándo fue?, pregunté con una voz distinta a la habitual.

- Hace un mes. Recordó la portadora de tan desagradable noticia; suspiro, bajo la mirada y me dijo: y lo peor es que fue por un pendejo… finalizó.

No dije nada más, no hay mucho que decir, acaso imaginar las paletas cuyo sabor ya no será descubierto. Las escaleras no son sólo escaleras, entendí. Las  salidas no tienen que ser tan fáciles, asumí.

Si aquel libro de poesía algún día es publicado, seguramente llevará una dedicatoria especial: su vida no tenía porque pasar desapercibida.